Bienvenidos

Bienvenidos a la noche vacía, diáfana como un sueño y pesada como el pecado... confusión entre vida y muerte
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domingo, 7 de julio de 2013

A mi princesa le gusta





A mi princesa le gusta que la abrace de noche
sobre el colchón que se van comiendo las chinches.

No lleva en el pecho una rosa como todas, sino las espinas
que esculpen día a día los pechos que me acunan.

A mi princesa le gusta que la toquen mis manos de ángel
que cubren cual guante mis garras de diablo.

A mi princesa le gusta que la bese, que muerda
sus labios y que regrese satisfecho a casa.

No es que haya despedidas, es que besarla
significa perderse donde el viento nace.

Mi princesa se pega a mi cuerpo buscando robarme calor,
sin saber que ya antes yo se lo había robado a ella.

A mi princesa le gusta hacer el amor sin prisa,
sin adornos, sin silencios, ni destinos.

No es que haya poco amor, ni que se acabe.
Es que al amor hay que llamarlo a todas horas
y bien fuerte para que se reinvente a sí mismo.

Mi princesa parece ser Dios superado con los siglos;
es bello, perfecto; es hermoso y eterno.
Sin duda, el mejor dios de todos los tiempos.

Pero ella  no es santa, ni huele a incienso; es sólo mujer:
mi mujer y huele a la vida.





De todo, excepto de dolor





Hay que pintar ideas, hay que desnudar a la fantasía.
Hay que vivir un poco y soñar el doble
sin cerrar los ojos.

Al aullido del lobo, hay que ponerle una luna
para tener una noche perfecta.
Si el pez está en el agua, hay que acostarlo
en la arena para que respiremos drama.

Le escribo al que reza, al que duerme, al perdido,
al que siempre encuentra aunque no sepa buscar.
Al vivo, al muerto, al borracho.
A la grosería que me devuelve el espejo por las mañanas.

A las noches de hotel con la antigua desconocida,
a los viernes oscuros que me vieron salir del Baúl o del Dalí
Dejemos que sean ellos los que cuenten si besé
o no a mis acompañantes.

Puedo escribir también de angustia,
de desesperación, de cómo se sienten sus lenguas
recorriendo mi columna, mi mirada.

Del horrible sabor de sus salivas pegadas a mis mejillas
y habitando bajo mi lengua.
De sus hediondos alientos marchando de mi boca.
Pero no, no hablaré más de ellas porque son muy buenas amigas mías.

Comienzo a escribir de dolor y aún no me encuentro listo.
Aún no he aprendido a llorar, pero creo que me falta poco.
Aún no me arranco la cara, pero ya están creciendo mis uñas.

Prefiero que leas mi sonrisa,
que notes la emoción en la línea de mis dientes domesticados
para no clavarse en mis labios en momentos pesados.

Prefiero seguir escribiendo de lo que no sé nada
para que no me arda cuando lo lea unos días después.
Prefiero escribir de dolor sin decir una sola palabra…

Pensar en el amor





Pensar en el amor, es como pensar en ti,
pero sin nombre.
Es ponerse la mano en el pecho, traspasar 
la piel y apretar ese tumulto de carne.
Sentir enrojecerse las mejillas, sudar el cuerpo,
y de los ojos, dejar escapar al sol.

Pensar en el amor es hacer un hueco entre los brazos
y cambiar el aire por carne,
dejar que la nariz se quiebre tras su aroma.
Ni dolores, ni cansancio.
Así pueden correr las madrugadas,
así pueden morirse los años.

Es mirar hacia los árboles y acariciar
un rostro sin piel.
Moverse por el viento sin consciencia
de los kilos que uno tiene de más.
Estirar la mirada cerrando los ojos.
Rodarse por la luna llena, robándole la luz.



Pensar  en el amor, es pensar en tus senos
sin culpa ni pecado, con vida,  con deseo, y
nunca empalagarse de la miel que siempre
han prometido.

Como puñal y beso es el amor;
entrando por la piel y depositándose en el alma.
Cortes finos, indoloros. Fuego eterno
que ilumina la mirada.

Es la noche fría, sin frío.
La caricia perfecta, las manos agudas.
El cuerpo tibio y relajado, dormido en
el primer plano de la realidad.

Pensar en el amor es sentirlo y es vivirlo,
lo demás, son meras ilusiones de este mundo.
Pensar en el amor es atreverse; es llamarlo
Sonia y acariciarlo cada noche.


No muero por el sol





No muero por el sol,
el sol se muere en mi muerte.

Me lo llevo en la piel, en los ojos,
se escurre en mis venas,
se esconde en mi entrepierna,
explota en mi risa, y bajo mis mejillas
evapora mi llanto.

No muero por el sol,
el sol se muere conmigo.

Los días sin nombre




Como la aguja en el pajar están presentes,
llamados a quemar la molesta soberbia
de un licenciado dando clase en un aula oscura,
a borrar a la gente que vive al otro lado del sol.

Los días sin nombre son aburridos
sin quién los ame, ni quién los mire.
Con frío, con hambre,
sin rostro y sin brazos.

Una tarde más metido en la vejez
de mis manos.
Empuñando el viento
hasta que deje de entrarme en los huesos.

Resbala mi suerte por la calle mojada,
se inclinan mis pasos a buscar en la nada,
ruinas del futuro atrapadas en las
lenguas de los perros vagabundos.

Apenas la vida acaricia mis hombros
cuando ya la muerte me tiene
sentado en sus piernas.
Miro pues al cielo a esperarlo,
que me lleve a él, o que baje hasta aquí.
Encuentro nubes atravesadas
en mis ojos, secretos que nunca te dije
ni con palabras ni con miradas.


Las almas vomitan en sacos rotos
hediondas heridas que preñan la tierra
Las lunas hacen música
y mi canto se deja escuchar entre la hierba.


Los días sin nombre dan flojera.
No son ni en lunes, ni en martes,
más bien, entre miércoles y viernes,
pero nunca en jueves y descansan en sábados y domingos.

Para la mayoría son inútiles, ni existen siquiera.
Sin embargo son, para mí, los únicos
días en los que puedo decir que existo.