Bienvenidos

Bienvenidos a la noche vacía, diáfana como un sueño y pesada como el pecado... confusión entre vida y muerte
...

martes, 13 de mayo de 2014

Debimos...




Debimos dejarnos
las lenguas envainadas,
antes que vestirnos
con sombras asesinas.

Teníamos que emplearlas
en lamernos el sexo,
antes que la soledad
lo hiciera por nosotros.

Debimos devolverle
el cielo a Dios,
porque tú y yo no supimos
cómo trabajarlo:

No sembramos.
No cosechamos ni un fruto dulce...
ahí sigue el puto cielo;
descompuesto, goteando,
¡chorreando aun nuestras lágrimas!

Debimos dejarnos los huesos
bajo la piel, antes que
el diablo los arrancara
para armar, con ellos, marionetas.

Teníamos que vernos desnudos,
teníamos que desnudarnos los ojos para vernos,
para tocarnos,
para no tocar los días, ni las noches.

Debimos curar el cielo,
secar las lágrimas, coser la piel,
besar las cicatrices,
desarmarnos, cortar las cuerdas.

Debimos.
    Debimos...


sábado, 25 de enero de 2014

Poema de medianoche para la que falta en mi cama



Para la que se fue sin pies y sin ropa.
La que no pidió permiso para irse
y se fue masticando un trozo del corazón que
nunca dejó pagado.

Sólo era espuma sobre el café del desayuno,
sólo era agua bajo las flores frente a mi cristo.
Le puse un altar mientras se desnudaba,
toqué las campanas del cielo entre sus senos.

Cantó su silueta tras la ventana baladas de cera,
lamentos de amor retrepado en la azotea,
metido en bolsas negras que le protegieran del sol.

Lo último que vi fue su espalda recta descender por la escalera.
Se me hizo añejo el tiempo pensándola en el vestido oscuro de la noche anterior.
Era bella, la más bella, pues era mía.

Se fue derritiéndose la mirada, caminó entre la hierba,
se hizo de noche, sin aroma, sin tacto, sin el cielo que vivía en sus ojos.
Ahora es sólo una nube mordida derramando el agua de su orgullo…

Poema de media noche para la que falta en mi cama,
para la que amo a muerte, aunque no lo sepa,
aunque no lo necesite, aunque no me extrañe.



Me muero, te mueres




Queda de mí
un poco aun.

Mis manos
llenas de ausencia
te saben bien
de día y de noche.

Te rozan fuerte,
te recortan
de las sombras.

Te visten
de eternidad,
te tallan en luz,
te sujetan a la vida.

Mis ojos
ciegos de ti
se guardan en
esperanza,
se marchitan bajo
tu sombra,
se relamen
contra los años.

Rehusan a abrirse
por soñarte.

Mi rostro
ajado e insomne
se yergue
sobre mis hombros
sin tus brazos.

Pregunta
a quién pertenece,
reclama un atisbo,
un gesto, un pellizco;
cualquier cosa
que le diga que vive.

Es piedra, es silencio.

Es pan
olisqueado y dejado.
Es barro tallado sin forma,
es  muerte pintada
¡y qué fresca la tinta¡

Mi vida
rota por todas partes
se esconde entre tus piernas.
Se eleva por tus senos,
se seca de a poco
en tus manos.

Se tiende en tus labios,
rueda por tu cuello
y retoma su ciclo,
agonizante.

Muero por ti…

Me muero en mis manos,
                     en tus manos.
Me muero en mi rostro,
                      en tus senos.

¡Me muero!
te mueres conmigo,
estás dentro,
eres algo más de mí:

como un corazón
enfermo,
como un pulmón
que no sabe respirar.






sábado, 21 de septiembre de 2013

Mi generación



Tenemos las palabras confundidas con el lodo,
y la manía de levantarnos cada noche al mismo sitio.
A navegar por lo imposible, por lo que no es nuestra vida.

Nos desprendemos de burlas y recatos.
Desenvolvemos nuestras pequeñas alas,
pero estamos escondidos, muy a salvo,
sin miradas que amedrenten.

Escogimos ser y somos, por la tarde,
casi nada de lo que queremos:
aurora marchita, refugio de sombras.

Descubrimos que hay más cuerpos,
y decidimos habitarlos uno a uno,
sin descanso y en voz alta.
Deslizamos nuestra piel por sus cruces,
soles, desiertos, abismos y vientos
sin importar ser crucificados o calcinados,
ni destrozarnos en la caída.

Viejos lobos, más hambrientos
que los tiempos, y más ciegos que la luna llena
deslumbrada por el brillo propio.

Nos volvemos puros de repente,
espontáneos, andantes de la vida,
conocedores de ella.
Nos hacemos buenos de a poquito,
departimos entre constelaciones y
otros mundos, sentados sobre las nubes.

Sin embargo, es lodo lo que cae a tus pies,
hablamos a nivel del suelo.
Somos más tierra que hombres,
y de eso todavía no nos damos cuenta.





martes, 20 de agosto de 2013

Infelicidad




Huele a muerte mi cuerpo
vaporizado en alumbre.
Con cada hueso roto,
con las palabras enterradas en mi garganta.

Hiede a muerte mi alma,
apesadumbrada en la extinción de otros alientos.
Refugios del tiempo, aves negras rompiendo
el sinuoso ocaso.

Viajan dentro las cortes del mal,
hacia mi encuentro, hacia mi vida.
Y descubro que hay soles ahí
que lo queman todo, lo bueno y lo malo.

Que se funden los pecados y las virtudes.
Un rayo divide los cielos y se muestran
las caras de los muertos que me habitan;
me saludan cada día, me desvisten cada noche.

Bailan en mí, se muerden como ratas,
duermen mientras duermo, y puntualmente
despiertan tras mis ojos.
Llenando canastas de hambre de otras bocas,
me besan por la tarde y roban alimento para mí.

Y como, desde dentro, mis regalos:
Cansancios de Dios vueltos vida,
cenizas de amor, penas por libertad,
amenazas de mudez perpetua.

Afuera... están mis labios y mis dientes
intentando sonreír...